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miércoles, 9 de marzo de 2011

El mejor espantapájaros vuela a pilas


Se considera al azor (Accipiter gentilis) como un auténtico maestro del vuelo y un audaz e infatigable cazador. Audaz porque es de las pocas rapaces que se atreve con especies de gran tamaño, como los cuervos, e infatigable porque persigue sin descanso a su presas. El resto de las aves, conocedoras sin duda de su fama de temible depredador, se alejan aterrorizadas cuando ven su silueta recortada en el cielo. Y es que este animal, definido por los ornitólogos como la máquina perfecta, puede ahuyentar grandes bandadas de pájaros con su sola presencia. Y fue precisamente esta capacidad para infundir miedo, lo que llevó a Paolo Iori a idear un robot que emulara a esta formidable ave de presa.

La naturaleza es sabia y sus modelos, de eficacia probada ¿Por qué no aprender de ella e imitarla construyendo sistemas que encajen de forma armónica? Éste es, a grandes rasgos, uno de los principios de la biomímesis –disciplina que se inspira en las estrategias desarrolladas por la naturaleza para aplicarlas en los más diversos campos– y éste fue el enfoque de Iori, que sin duda pensó que para prevenir los bird strikes (choques de pájaros contra los aviones) más eficaz que cañones, sonidos o pirotecnia podría ser un robot con proporciones y formas idénticas a las del azor.

Las primeras iniciativas surgieron a finales de los años 60 cuando en algunos aeropuertos, como el de Barajas, en Madrid, se comenzaron a entrenar rapaces como espantapájaros. Esta idea de reconvertir el antiguo arte de la cetrería la inició el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, quien mostró que el vuelo de halcones y azores en el entorno aeroportuario ahuyentaba a las aves merodeadoras que representaban un alto riesgo para las operaciones de despegue y aterrizaje. Y este oficio medieval cambió los bosques por las pistas.

[foto de la noticia]

La robótica ha dado un paso más y ha reproducido en un sistema mecánico una de las aves preferidas de los cetreros, y los guantes, cascabeles, señuelos u otros aparejos de antaño son ahora baterías de litio, mandos a distancia o un software para el entrenamiento de vuelo. «Hemos creado una nueva profesión, el aeromodelista cetrero», comenta Cesar García Rullán, presidente de la empresa mallorquina Bird Raptor Internacional, fabricante del aparato, ya que sólo un operario acreditado por la compañía puede hacer volar al azor mecánico. «El sistema basa su eficacia en que las aves crean que es una auténtica rapaz –añade– y si el robot hace un looping o acrobacias extrañas el señuelo no funciona. Ésta es la razón por la que siempre tiene que estar dirigido por una persona experta que aplique los protocolos de vuelo necesarios».

El Falco Robot GBRS (Gregarious Birds Removal System), siglas que pueden traducirse como sistema que ahuyenta a las aves gregarias, está basado en la ornitología. Su creador, Paolo Iori, asesorado por ornitólogos de la Universidad romana La Sapienza y miembros del Comité Internacional de Peligro Aviario estuvo durante muchos años desarrollando el proyecto hasta obtener un prototipo que fuera efectivo. Por su parte, la empresa Bird Raptor, con ayuda de la Universidad Politécnica de Madrid, le incorporó la tecnología aeronáutica, materializando el sistema.

La empresa alzó vuelo con su primer azor en el año 2008, realizando los primeros ensayos en aeropuertos, tanto nacionales como internacionales; así como otros espacios de concentración de la fauna avícola como el puerto de Tarragona o el basurero de Son Reus (Mallorca), en el que tras 24 segundos de vuelo se movieron más de 5.000 gaviotas.

Justo un año después comenzó a publicarse el suplemento B@leópolis, dedicado a la tecnología y la ciencia desarrollada en Baleares, y Bird Raptor fue noticia el 2 de marzo de 2009 por ser la primera empresa de ámbito mundial que fabricaba un aeromodelo robótico de estas características.

Nuestro suplemento llega al número 100 y la octava versión del Falco Robot patrulla los cielos de Perú (nueve aeropuertos y tres aeródromos en la selva), Colombia (tres aeropuertos) y Costa Rica (Aeropuerto Internacional Daniel Oduber). Y está a punto de implantarse en otros muchos países que, por diferentes motivos, se han interesado en esta innovadora tecnología.

Desde B@leópolis hemos querido seguir su vuelo dos años después. Más allá de su probada eficacia en los aeropuertos, este espantapájaros de última generación está ahuyentando también aves en sectores agrícolas y piscifactorías. En Israel espanta, entre otras especies, a la cotorra de Kramer –un loro que causa graves daños en los cultivos de almendros– y a multitud de aves merodeadoras de la piscifactoría de peces ornamentales Hazorea Aquatics, en el valle de Jezreel. Este mismo efecto disuasorio es el que ejerce en las granjas acuícolas de la ciudad de Cañas, en Costa Rica.

Buscando la perfección

«El secreto de su éxito es el miedo», indica García Rullán. «El azor debido a su particular forma y a su vuelo provoca una reacción instintiva de fuga. Lo perciben como un peligroso depredador y es tan real que, en ocasiones, el aparato recibe ataques de otras aves que lo ven como un competidor natural. Pero lo que ha resultado más interesante es que este comportamiento también se da en especies de otras latitudes en las que no existe esta rapaz».

En estos dos años, el vuelo del Falco Robot se ha ido perfeccionando e imita cada vez con mayor precisión a su homólogo natural. Si en las primeras versiones realizaba vuelos de reconocimiento –para hacerse ver–, en la última sus estrategias son más sofisticadas y dispone de protocolos de ataque –volando directamente por encima de las bandadas– e incluso es capaz de combinar tácticas. «Hay veces que las aves se quedan inmóviles en el suelo como defensa –explica García Rullán–; en estos casos el aeromodelo coordina diferentes estrategias, primero para levantarlas y posteriormente para dispersarlas de una forma incruenta, controlada y duradera».

Conseguir estos resultados ha supuesto años de investigación en tecnología de ingeniería aeronáutica, pero sobre todo estudio científico del comportamiento de las aves ante la presencia de un depredador natural ¿Cómo actúa una gaviota? ¿Cómo reacciona un cuervo o un zopilote? Las respuestas no son homogéneas y la última versión del aparato tiene en cuenta todos estos factores.

Por esta razón, la empresa mantiene convenios de colaboración con la Universidad de Purdue (Estados Unidos) y La Sapienza (Italia), donde los investigadores Esteban Fernández-Juricic y Alessandro Montemaggiori analizan los datos recogidos durante las operaciones del Falco: especies de aves presentes, número de las que están en vuelo o en tierra, tiempo de reacción, de retorno o no retorno de las diferentes especies, entre otros. Toda esta información modelizada en gráficos es decisiva a la hora de tomar decisiones e ir perfeccionando el aparato.

«Una de las grandes ventajas –destaca García Rullán– es que, a diferencia de los métodos de disuasión tradicionales como detonaciones o pirotecnia, se trata de un sistema ecológico y respetuoso con el medio ambiente, por lo que puede emplearse en entornos naturales en los que éstos, por su impacto negativo, no están permitidos, como en Costa Rica o la selva peruana».

Entre sus planes de futuro, la compañía tiene en proyecto la fabricación de una compañera para el azor: un águila que, por su mayor tamaño, pueda intimidar a especies más grandes. «Nuestro objetivo es, basándonos en la investigación, seguir creciendo y expandiéndonos durante los próximos años a nivel mundial, concluye su presidente».

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