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jueves, 30 de julio de 2009

SEGUIR O VOLVER Por Eleuterio Fernández Huidobro



Uruguay tiene un puerto en Montevideo. Alguien le encajó una puñalada de hormigón para partirlo al medio ­todavía tiene el puñal clavado­; nace por Capurro y más o menos por la Central Batlle de la UTE se mete por entre las costillas en lo que debió haber sido siempre parte del puerto para terminar por la Estación Central de lo que otrora fuera un ferrocarril... Aniquilado también.
Los autos corren por dicha autopista llamada "accesos", o también "rambla", pegaditos contra el alambrado que clausuró la expansión portuaria y tras el cual, amontonados hasta reventar, se asoman miles de contenedores comprimidos en el estrecho recinto.
De paso, la puñalada cortó la entrada del ferrocarril al puerto. El único acceso es una casi imperceptible vía por la que algún que otro tren sobreviviente, ánima en pena del riel, entra por la noche para no entorpecer el tránsito. Para que nadie se dé cuenta. Subrepticiamente.
Nueva Palmira tampoco tiene tren. La Paloma, Punta del Este y Piriápolis lo perdieron hace mucho. Colonia también... Hubo, como se ve, vandalismo militante pero con finos toques de sadismo: en la Estación Central del ferrocarril asesinado iría una Sala de Espectáculos y en su preciosa playa de maniobras intentaron poner un Hotel cinco estrellas con casino y vista a las flotas pesqueras atracadas de culata porque tampoco quedó lugar para que estacionen como la gente, de costado.
Por si todo ello fuera poco construyeron, como un candado en formidable tranquera, el "Monumento a la Estupidez" según definió el presidente Jorge Batlle a la Torre de Antel.
A ese alevoso conjunto mamarrachesco e irresponsable le pusieron como sobrenombre rimbombante "Plan Fénix". Vino auspiciado por aventureros del BID y terminó como otra cualquiera de las vulgares estafas entre las tantas que rodaron por los felpudos centrales del Banco Hipotecario.
¿Cómo pudo ser posible amontonar tanto caos, tanta desidia, tanta imprevisión?
Podríamos elegir muchos ejemplos tan compactos como este. Expresan el producto final de una cierta ideología o, por lo menos, superstición.
La falta de planes como un mérito, como algo positivo; la mano libre del mercado que se iba a encargar de acomodarlo todo, la ausencia de políticas y, lo que es más, de política lisa y llana, y con ello la ausencia del Estado y su abandono, y el abandono por parte del Estado de todo atisbo de intención orientadora, ordenadora, promovedora, auspiciante, soñadora... Todo ello generosamente espolvoreado con abulia, clientelismo y prescindencia terminó muy mal. Condujo al país de desastre en desastre y produjo una lastimada desintegración social que agrega muy feas consecuencias por su cuenta.
En las elecciones nacionales de 2004 la ciudadanía, hastiada, decidió cambiar. El actual gobierno ha sido expresión cabal de esa drástica opción. Ahora hay planes, directrices, orientaciones, participación ciudadana en su discusión y elaboración; participación de los partidos y otras entidades... Porque hasta para discutir y discrepar es necesario saber acerca de qué. La lealtad del gobierno también se expresa en eso, hoy mismos podemos oír y leer las discrepancias y por lo tanto las propuestas de la oposición aún cuando su propuesta sea no tener propuesta alguna.
Las críticas son posibles y viables y el control de resultados también. Equivocarse o no también es certificable.
Es por eso que en octubre lo que esencialmente se decide y elige es seguir o volver. Más allá de fuegos artificiales y otras fugacidades, la esencial decisión será esa. Seguir por la vía del cambio hacia delante o volver al caótico statu quo del estanque pasado.
En estas horas Lacalle nos asegura que lo de la motosierra fue en broma y, al mismo tiempo, haciéndola roncar con el escape libre, nos anuncia que derogará de entrada la Ley de Ordenamiento Territorial... ¡Y ni tan siquiera propone otra!
Es toda una definición que ejemplifica, por si faltaba, lo que venimos diciendo, algo así como derogar los cuatro puntos cardinales, la noción de derecha o de izquierda, en realidad todo tipo de reminiscencia que en algo se refiera a cierto orden mínimo. A cierta clasificación orientadora.
¡Lacalle debería derogar la Ley del Orsay porque atenta contra la suprema libertad de las personas y la del mercado! Las reglas del ajedrez también, hacen daño y se debería jugar (sin ellas) partidas alucinantes de potros atropellantes y peones desregulados. Ya lo vimos.
* Escritor, senador de la República.


L R - M

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