tanto monta monta tanto olga maria a monago como a Carlos Muñoz eso si solo pilla a los del PP costa de nuestros impuestos, amor incondicional por la buxaca de los corruptos

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martes, 28 de septiembre de 2010

Salud pública La vacuna de la gripe y el personal sanitario


Acaba de empezar el otoño: nuevo curso escolar, regreso a la "normalidad". Inicio de la temporada de vacunación de la gripe la primera semana de octubre. La administración sanitaria ha lanzado la campaña de vacunación 2010-2011. Como cada año, la vacunación es voluntaria y el sistema público proporciona la vacuna gratuitamente a todos los ciudadanos incluídos dentro de los grupos de mayor riesgo de sufrir complicaciones en caso de contraer la gripe. Son los de siempre (básicamente personas de más de 60-65 años, enfermos crónicos o inmunosuprimidos de cualquier edad y embarazadas) a los que, vista la experiencia del año pasado con la gripe pandémica, se ha añadido el grupo de personas con gran obesidad.


La vacuna de la gripe 2010-2011 es igual que la de años anteriores: trivalente (tres cepas del virus) y en una sola inyección. La vacuna incluye la cepa A(H1N1) causante de la gripe pandémica 2009 y otras dos cepas que circulan desde hace tiempo. La vacuna ha sido fabricada como cada año, probada como cada año y aprobada como cada año por las autoridades sanitarias. Es eficaz (tanto más cuanto más 'sano' es quien se vacuna) y es segura. Sus efectos adversos son pocos y mayoritariamente locales (dolor en la zona de administración y quizás ligero malestar general 24 horas). Es imposible que la vacuna produzca la gripe. Es posible que no nos proteja al 100%, pero aun así, las complicaciones de la gripe serán menores entre los vacunados que entre los no vacunados.


Entre estos grupos a los que se ofrece y recomienda la vacunación estamos todos los sanitarios y algunas profesiones de especial relevancia o necesidad (bomberos, cuerpos de seguridad, etc.).


Los profesionales sanitarios nos vacunamos (o, desafortunadamente, no nos vacunamos) contra la gripe para proteger a los pacientes a los que atendemos (es mucho menos probable que un profesional vacunado transmita la gripe a sus pacientes), para protegernos a nosotros y a nuestras familas, para aumentar el número de personas vacunadas en una población concreta (por ejemplo, un hospital) lo que facilita la denominada inmunidad de grupo (el conjunto se protege mejor aunque no todos estan vacunados, dado que al virus le resulta más difícil transmitirse) y finalmente para evitar enfermar y causar baja laboral cuando habitualmente más presión hay en el sistema sanitario (invierno-primavera).


Somos además (o deberíamos ser) un ejemplo para el resto de la sociedad en este sentido: si estamos vacunados ofrecemos una asistencia más segura y por tanto de más calidad a los ciudadanos. Pero la realidad es mucho más triste: los porcentajes de vacunación entre el personal sanitario no alcanzan en la mayoría de casos el 30-35%. Los índices más altos (50%) se dan siempre entre los médicos más jóvenes (los residentes: ¡hay esperanza de futuro!), seguidos de los médicos 'maduritos' (35-45%). En la cola, y destacados, los profesionales de enfermería (por debajo del 20%).


Uno trata sinceramente de entender el por qué de esta absurda situación, pero es muy difícil aducir razones científicas o técnicas válidas para no vacunarse y mucho más desestimar las razones éticas y de responsabilidad profesional que respaldan la vacunación. Creo sinceramente que no hay excusas para que un profesional sanitario no acepte voluntariamente la vacunación antigripal, salvo casos excepcionales (alergia a la vacuna, por ejemplo).


En Estados Unidos se han posicionado claramente al respecto varias sociedades científicas y profesionales muy potentes: según éstas, la vacunación debería ser obligatoria y casi sin excepciones para los sanitarios. No creo que esta sea una solución. Siempre es mejor convencer que imponer, pero realmente la situación es preocupante.


En mi hospital trataremos este año (como cada año) con buenas evidencias científicas, altas dosis de información, mucha paciencia y buen humor, de convencernos unos a otros y así vacunar más profesionales sanitarios que el año pasado. No tiramos nunca la toalla, especialmente cuando tenemos buenas razones para no hacerlo: la seguridad de los pacientes es nuestra responsabilidad.

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