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lunes, 4 de abril de 2011

'Que nadie olvide lo que pasó con la colza'

En la primavera de 1981, España no pasaba por su mejor momento. Con una importante crisis económica como trasfondo y un panorama político más que convulso –el Golpe de Estado de Tejero todavía reverberaba en el Congreso–, para gran parte de la población llegar a fin de mes suponía toda una hazaña.

Eran años de paro e incertidumbre. Por eso, cuando en mercadillos, puestos ambulantes y otros puntos de venta empezó a ofertarse un aceite más barato de lo habitual, muchos decidieron "ahorrar unas pesetas" y comprarlo. No sabían que estaban hipotecando sus vidas en el mayor caso de intoxicación alimentaria ocurrido en nuestro país. En total, más de 20.000 personas resultaron afectadas por la ingesta de aceite desnaturalizado de colza, un producto de origen industrial que había sido vendido de forma fraudulenta como apto para el consumo humano.

"Teníamos varias garrafas de cinco litros. Estaban etiquetadas, tenían un aspecto completamente normal y las habíamos comprado en una panadería cercana, así que nunca pensamos que no tenían todos los controles", recuerdan Ángel Lorenzo y Carmen Zapata, hoy con 60 y 59 años, y entonces una joven pareja que vivía en Pozuelo de Alarcón (Madrid).

Su familia no llegó a acabar los litros que habían adquirido, pero el aceite que tomaron fue suficiente para marcarles de por vida. "El primero en ponerse malo fue nuestro hijo pequeño, luego le tocó al padre de Ángel, a los dos días tuvimos que ingresar a la niña, que sólo tenía cinco años. Y enseguida nos llegó a nosotros. En total fuimos nueve parientes afectados... Y pasamos mucho miedo, porque nadie sabía qué nos ocurría ni cómo curarnos", relatan.

Los primeros casos, como el de la familia Lorenzo Zapata, dieron la cara en el mes de mayo en poblaciones cercanas a Madrid. Los pacientes llegaban a los hospitales con problemas respiratorios graves y algunos fallecían a las pocas horas con síntomas de neumonía atípica, lo que, en un principio, hizo que los especialistas pensaran en una epidemia infecciosa.

Crisis alimentaria

Pero, lo que hizo dar con la clave fue la distribución geográfica de los casos. "Usando un mapa, se empezó a ver que la aparición de nuevos afectados iba rodeando Madrid y coincidía con los mercadillos ambulantes", explica Marino Zaforas, que formó parte de las primeras unidades médicas de seguimiento que se crearon con el objetivo de dar una respuesta coordinada al problema.

"A partir de ahí, empezamos a preguntar a los enfermos por sus hábitos de comida y vimos que el consumo de aceite a granel era una constante. Se analizaron varias muestras y ya se descubrió que era de tipo industrial, que no era apto para el consumo humano", subraya este entonces recién licenciado en Medicina, que tuvo que enfrentarse a una tragedia de enormes dimensiones en su primer trabajo remunerado.

"Fue muy duro. Teníamos colas larguísimas de gente en la puerta de la unidad que llegaba con todo tipo de patologías", rememora Zaforas.

Tal y como explica Manuel Posada, director del Instituto de Investigación de Enfermedades Raras y quien ha dirigido los principales estudios llevados a cabo sobre la enfermedad –denominada oficialmente síndrome del aceite tóxico–, las consecuencias de la intoxicación fueron múltiples y aparecieron progresivamente.

Mientras que la fase inicial se caracterizó por problemas graves de insuficiencia respiratoria, con posterioridad fueron emergiendo daños en el aparto digestivo, el sistema cardiovascular, la piel o el sistema nervioso periférico, entre otros trastornos.

Según sus palabras, en muchos casos, los problemas iniciales se convirtieron en enfermedades crónicas que afectaron –y siguen afectando seriamente– a la calidad de vida de quienes las padecen.

Secuelas

Es el caso de los Lorenzo Zapata, que han desarrollado hipertensión pulmonar, un trastorno clasificado como enfermedad rara que se produce cuando la presión arterial en el interior de los pulmones se eleva drásticamente.

Ambos necesitan un aporte de oxígeno extra durante prácticamente las 24 horas y toman más de 20 pastillas al día, además de sufrir una fatiga extrema que les impide realizar cualquier actividad que exija un mínimo esfuerzo.

«Lo único que me viene a la cabeza es la palabra impotencia», señala Carmen, hospitalizada estos días a causa de una complicación relacionada con la patología que padece. Pese a los años que han pasado, su memoria guarda imborrable la imagen de una garrafa de aceite que se volvió negro con el paso del tiempo. "Mi suegra la había guardado por si hacían falta más análisis en el futuro, pero en unos años parecía alquitrán... Y eso fue lo que tomó toda la familia", recuerda con amargura.

Rosa García era pequeña –apenas 14 años– cuando el aceite tóxico llegó a su vida. Desde el principio, notó que no era la misma, que se cansaba más rápido que antes, que se ahogaba... pero durante los primeros años, nadie le dio mayor importancia a sus molestias.

Los síntomas fueron aumentando progresivamente hasta que, ya en 2003, también le diagnosticaron una hipertensión pulmonar que ha mermado considerablemente su calidad de vida.

"He tenido que dejar de trabajar porque me ahogo muy rápido. Aparecen más problemas, pero nosotros tenemos cada vez menos apoyos", afirma esta madrileña que vivía en Torrejón de Ardoz cuando sufrió la intoxicación. "Nos sentimos abandonados", subraya Rosa, que lamenta que la atención sanitaria de los afectados por el síndrome del aceite tóxico cuente cada día con menos recursos.

"Las secuelas han seguido apareciendo con los años y muchos médicos de familia no tienen tiempo ni manera de diagnosticar y atender de forma correcta a estos pacientes", señala María Antonia Nogales, especialista en síndrome tóxico del Hospital 12 de Octubre de Madrid, el único centro en toda España que conserva un servicio especializado de atención a estos pacientes.

Hace algo más de un año, intentó cerrarse el cupo de nuevas admisiones y que se restringieran los recursos destinados a la unidad, pero una movilización de los enfermos, que se plantaron en la puerta del hospital, lo impidió.

"Querían desmantelarla, pero no podíamos consentirlo porque fuera de aquí los médicos están perdidísimos; muchos ni siquiera han oído hablar del síndrome", señala Rosa, que lamenta que tampoco la investigación sobre el tema esté avanzando.

"Se han paralizado todos los estudios con excepción de la valoración de las tasas y las causas de mortalidad de la cohorte de pacientes", aclara Posada, cuyo equipo conserva un biobanco con información clave para comprender la enfermedad. Su intención es poder "utilizar la tecnología actual para profundizar más en los mecanismos del síndrome" en un futuro, aunque, de momento, no cuentan con planes de inversión a corto plazo.

"No sabemos qué nos puede pasar en el futuro, cómo va a evolucionar esto", apunta Ángel. "Por eso no queremos que nos den de lado", subraya.

Carmen tiene claro que hay que seguir luchando. Si en estos 30 años, en vez de rencor, sólo han acumulado fuerza, podrán seguir combatiendo en el futuro, asegura. "A nosotros ya nos destrozaron la vida, pero no vamos a permitir que ocurra lo mismo más adelante. Lo que pasó con la colza no va a caer en el olvido", sostiene.

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