La tuberculosis, la enfermedad de los pobres, se resiste a
desaparecer de la próspera Europa. Ni los tratamientos existentes ni el
bienestar del continente, sobre todo en el oeste, han eliminado la
enfermedad. La Organización Mundial de la Salud (OMS)
estima que en Europa había en 2011 medio millón de personas con
tuberculosis. El número estaba en descenso, pero la OMS teme que la
tendencia se haya invertido. De estas, al año mueren unas 44.000, lo que
convierte a esta enfermedad en la segunda infecciosa más letal tras el
sida. La mayor parte de las víctimas están en Europa del Este y central.
Las cifras en los países occidentales son mucho más reducidas, pero hay
un aumento, sobre todo de casos resistentes.
Además, el mal supone una importantísima carga económica: 6.000
millones de euros al año en la UE, según la primera evaluación que se ha
hecho de su coste. Y son cálculos “conservadores”, según el equipo del
Hospital Universitario de Schleswig-Holstein (Kiel, Alemania) que lo ha
publicado en la revista European Respiratory Journal.
Tratamiento ambulatorio
EMILIO DE BENITO
Actualmente en España se registran unos 10.000 casos al año de
tuberculosis (aproximadamente 15 por cada 100.000 habitantes, según el
Centro Europeo de Control de Enfermedades). Pero la inmensa mayoría
recibe tratamiento ambulatorio, dice Joan Ruiz Manzano, del grupo de
Tuberculosis de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica
(Separ).La medicación que se implantó en los años sesenta ha supuesto el fin de los centros para enfermos. “Se vio que no contagiaban”, dice Ruiz Manzano. “Solo queda alguno para casos especiales”, afirma. Se refiere a personas con problemas de adicciones o en situación marginal que pueden tener dificultades para seguir el tratamiento.
Porque lo que importa es que la persona tome la medicación. Esta es efectiva, pero latosa: seis meses si va bien (dos años si hay resistencias). Como son solo pastillas, no hace falta que los pacientes ingresen. Si acaso, al “no cumplidor” se le da “tratamiento observado”, en el que un profesional se asegura de que el paciente lo toma.
Eso sí, los resultados son, en la mayoría de los casos, muy buenos: “A los 15 días están trabajando”, dice Ruiz Manzano.
Dos son las causas de una situación que contradice los augurios de
hace 40 años, cuando se pensó en erradicar la enfermedad. Por un lado,
la aparición de variantes del bacilo resistentes a los fármacos. Su
impacto es tal que si el tratamiento de una persona con el bacilo normal
cuesta 7.900 euros, cuando se trata de uno con una variante resistente
(solo se puede tratar con fármacos de segunda generación) sube a 55.000,
y llega a los 168.000 en las extremadamente resistentes (casi no hay
medicación).
Por otro lado, está la llegada de inmigrantes. En grupos de estos, la
enfermedad se extiende a su vez por dos motivos. Primero, porque sus
condiciones de vida repiten las de hacinamiento, pobreza y mala
alimentación e higiene que hizo de la tuberculosis una plaga hasta bien
entrado el siglo pasado. Segundo, porque muchos vienen de países donde
la incidencia de la enfermedad es alta.
El último toque de atención al respecto lo ha dado Francia. Un
reciente informe de su servicio de vigilancia epidemiológica ha
detectado que entre 2006 y 2010 le llegaban unas 50 muestras de la
variante resistente. Ahora son 69. Más que los números en sí, importa el
aumento. Pero, en este caso, las autoridades han comprobado que se
trata de casos importados de Rusia y otros países del Este de Europa, ya
que no hay brotes (grupos de enfermos relacionados). Aun así eso supone
un riesgo potencial para el resto de la población porque basta con
respirar aire con microgotas de un infectado para contraerla.
Otro ejemplo de la necesidad de afrontar la enfermedad llega de
Bélgica, donde, casi tres décadas después de clausurar el último
hospital para tuberculosos, Bruselas está a punto de construir uno para
tratar a los enfermos con la variante más peligrosa. No se trata de un
lugar de reposo en el que respirar aire puro en las montañas, como los
del siglo XIX, sino de un módulo del Hospital Saint-Pierre, en pleno
centro de la capital, para 10 pacientes con la variante más resistente a
los antibióticos. “Este proyecto piloto está pensado para aquellos que
han pasado la fase más peligrosa, en la que se detectan bacterias en los
exámenes, pero deben estar ingresados más de un año porque aún pueden
contagiar la enfermedad”, asegura Michèle Gerard, la médica responsable
de control de infecciones del hospital. Bélgica contaba en 2008 con un
millar de infectados, pero esta cifra había aumentado el año pasado
hasta 1.200.
No son los únicos. “Hemos visto experiencias similares en Noruega y
Hungría. Nosotros recomendamos centrar el tratamiento en la atención
ambulatoria, pero este programa, como complemento de un plan integral,
va en la buena dirección”, asegura Masoud Dara, responsable del programa
europeo de la OMS de enfermedades infecciosas.
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