tanto monta monta tanto olga maria a monago como a Carlos Muñoz eso si solo pilla a los del PP costa de nuestros impuestos, amor incondicional por la buxaca de los corruptos

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domingo, 20 de julio de 2014

El trágico triángulo amoroso de Santa Cristina de la Polvorosa

A las afueras de Santa Cristina de la Polvorosa, en Zamora, está a medio preparar la pista donde se celebrarán las carreras de galgos de las fiestas del pueblo, que empiezan el 23 de julio. Enfrente, en la pared trasera de una nave de ladrillo, se esconde un escenario muy diferente: los restos del fuego en el que Juan Carlos B. intentó en la madrugada del martes deshacerse del cuerpo sin vida de un pastor búlgaro que había trabajado para él. Lo había matado, según propia confesión, meses antes.
Santa Cristina es un pueblo de unos mil habitantes en el que la mayor parte de los vecinos son ganaderos. Juan Carlos, que a sus 40 años siempre ha vivido en el municipio, es uno de ellos. Hace dos años, él y sus dos hermanos mayores heredaron el aprisco de su padre: una nave donde guardan más de mil ovejas.
Para cuidar del ganado, la familia contrató hace más de 13 meses a Bechir Asenov, un búlgaro de unos 20 años. En agosto, tras el nacimiento de nuevos corderos, los hermanos decidieron contratar también a Sonia, la pareja del padre de Bechir. Para que toda la familia pudiera vivir allí, Juan Carlos y sus hermanos les cedieron una casa que tienen junto al aprisco y que los propios búlgaros reformaron en octubre. Venían de Lordemanos, una pedanía de Cimanes de la Vega, en León. Allí trabajaban también cuidando ganado, pero un problema con el dueño de la finca los llevó hasta Santa Cristina.
Los búlgaros trabajaron codo con codo con Juan Carlos, un hombre amigable, según los vecinos, al que no le gustaba mucho estar en los bares y que se ha pasado toda su vida trabajando. Vivía en el centro del pueblo con su mujer, Noemí, y con sus dos hijos, de tres y ocho años. Tras la llegada de los búlgaros a la parcela, comenzó a llegar cada vez más tarde a casa. “Como el ganado da mucho trabajo, era normal que llegara a las cinco o las seis de la mañana cuando había crías”, recuerda Noemí. Pero los retrasos de Juan Carlos se alargaron en el tiempo. Cansada de esperar, Noemí se presentó un día en el aprisco y vio que los borregos que mantenían trabajando a Juan Carlos hasta altas horas de la madrugada no existían. Al preguntarle, su marido le confirmó sus miedos: se había enamorado de Sonia, la empleada búlgara.
J. C. B., en prisión preventiva por el crimen de Santa Cristina / EL PAÍS
Noemí se marchó a casa de sus padres, en la cercana Santa María de la Vega, con sus dos hijos. Y el hogar en el que hasta entonces vivía el matrimonio pasó a ser la vivienda de Juan Carlos y Sonia, que dejó a su vez a su pareja, el padre de Bechir. A partir de ese momento, a principios de este año, la pareja no ocultó su romance. Los vecinos les veían pasear por Santa Cristina y el vecino Benavente.
Bechir, al conocer la relación de su jefe con la pareja de su padre, decidió dejar el trabajo e irse del pueblo. Acabó cuidando ganado en Burganés de la Vega, otro municipio zamorano. Su padre siguió yendo de vez en cuando a Santa Cristina, según confirman los vecinos, aunque nadie sabe muy bien para qué. Pero se le veía muy poco. Por eso, la desaparición de la expareja de Sonia en febrero pasó inadvertida para todos salvo para Bechir. Cuando este preguntó a Sonia dónde estaba su padre, la mujer le contestó que se había vuelto a Bulgaria. A las pocas semanas, tras contactar con su familia en este país y no conseguir localizarlo, el hijo denunció la desaparición.
Cuatro meses después, en la madrugada del pasado martes, la Guardia Civil encontró en la finca El Colorao el cuerpo inerte del padre de Bechir. El alcalde del pueblo, Pablo Rubio Pernía, explica que el fallecimiento se produjo en febrero o marzo, según cálculos policiales. Juan Carlos mató al extranjero de un golpe en la cabeza en el prisco de la finca. Después, desplazó el cuerpo hasta un pozo cercano y lo ocultó allí. “Parece que cuando Juan Carlos supo que la policía estaba investigando la desaparición del búlgaro, lo sacó del acuífero e intentó deshacerse del cuerpo”, explica el regidor.
El pozo está a unos 500 metros de donde la policía encontró el cuerpo carbonizado. Al parecer, Juan Carlos le prendió fuego y después se marchó. Otra fuente municipal relata que, mientras la policía esperaba en la madrugada del martes frente a la casa de Juan Carlos para detenerle, él estaba tomando algo en una cafetería cercana.
Entre el olor a cecina y abono que inunda algunas de las calles del pueblo, sus habitantes comentan la noticia. “Esta mañana han dicho en la radio que lo mató en defensa propia. Que el búlgaro llevaba un cuchillo en la mano para atacar a la mujer”, dice un vecino. “Y si fue en defensa propia, ¿por qué no llamó a la policía?”, responde otro.
El alcalde asegura que no notó nada raro en el comportamiento de Juan Carlos desde el incidente hasta su detención. Todo lo contrario: “Estaba pletórico”. El regidor dice que le veía más contento y que, el fin de semana anterior al descubrimiento del cuerpo, la pareja había estado en la piscina con los hijos de él. “Nadie se lo imaginaba”, asegura.
El procedimiento judicial está bajo secreto de sumario. Sonia fue detenida el miércoles, acusada de encubrir el delito, y Juan Carlos ingresó el jueves en el centro penitenciario de Topas, en Salamanca. La investigación continúa abierta. El jueves por la tarde, la policía judicial, con ayuda de los bomberos y de la empresa Aquona —encargada de la gestión del agua—, estaban buscando nuevas pistas en el pozo donde el fallecido pasó alrededor de cinco meses escondido.
Los cucos —los lugareños de Santa Cristina— no asimilan todavía lo sucedido. En la carnicería, una vecina comenta: “En el pueblo pensábamos que la novia le dejaría sin blanca, pero no nos imaginábamos esto”. La justicia tendrá ahora que determinar lo que ocurrió en ese aprisco entre el ganadero y su pastor.

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