tanto monta monta tanto olga maria a monago como a Carlos Muñoz eso si solo pilla a los del PP costa de nuestros impuestos, amor incondicional por la buxaca de los corruptos

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domingo, 8 de marzo de 2015

El Athletic desquicia al Madrid

Nunca se sabe qué puede más, si la obligación de ganar (o sea, el Madrid) o el deseo de triunfar (o sea, el Athletic). Es una pugna histórica la de la realidad y el deseo. Y más en un clásico que admite todas las posibilidades de éxito o de fracaso, todos los maniqueísmos, estadísticas o previsiones. Y pudo más la fe, la coraza de hierro, el empuje emocional que la escondida literatura futbolística del Madrid, sucumbiendo a un guion muy previsible, una trama de aliño y tentetieso que solo pudo tener un final inesperado cuando Bale disparó desde casi medio campo al poste con Iraizoz adelantado. La derrota dejó al Madrid con las mismas dudas en todas sus líneas y con la sensación de que sus figuras tienden a derretirse cuando el acordeón se contrae pero no se estira.
Y el Madrid cometía el peor pecado del fútbol, que no es el error sino la intrascendencia
Tiene Aduriz el secreto de la eterna juventud. No lo dice, pero lo tiene. No se sabe cuál es, pero lo cierto es que el delantero rojiblanco tiene una colonia que no solo le perfuma sino que le hace jugar mejor a medida que deshoja el calendario como si las hojas muertas le diesen la vida. Cuando cazó el centro de Mikel Rico, que no es precisamente un virtuoso de la precisión, explicitó el manual del delantero centro: salta antes, cabecea según bajas e impúlsate con el cuello como si fuera un tensor recién comprado. Y ¡zas!, el balón se va a la red como se encuentran el río y el mar, obligatoriamente, de alguna manera. Digamos que Aduriz, para el Athletic es el farero y el patrón al mismo tiempo. Lo mismo caza un gol que cae del cielo azul, que controla la pelota con el pecho, la amortigua con el muslo, la controla con el pie, se gira con un golpe de tobillo y se la da a Williams como si fuera un centrocampista de la mejor escuela francesa o italiana, un Donadoni o así, un Tigana o algo parecido.

Athlet

Y mientras Aduriz levitaba, el Madrid cometía el peor pecado del fútbol, que no es el error ni el desorden, sino la intrascendencia. La insoportable levedad de ser intrascendente, personaje secundario de una obra que supuestamente firmas tú. Ser Watson y no Sherlock Holmes. Y Watson era Cristiano, pensando solo en Marcelo; y lo era Bale escondiendo su gen británico en los modos hispanos de preferir protestar que luchar. Demasiados actores secundarios, poco secundados por un centro del campo en el que Ancelotti apostó por Illarramendi por aquello de que... jugaba en Bilbao. Con la red rota en el centro del campo, era difícil pescar en San Mamés donde los peces no mordían el anzuelo sino al pescador.
Hay efectos intangibles en los equipos. Un partido los cambia. Un resultado los proyecta, una sensación los ilumina. Todo eso concurrió con la clasificación del Athletic para la final de Copa en el Power estadio ante el Espanyol. Hay clases practicas que sustituyen a diez teóricas. Fue una revelación con visos de perdurabilidad.
Contra el Barcelona, el Athletic lo buscó en su área para evitar la avalancha y salió escaldado. Al Madrid le esperó en su campo, más aún tras el gol de Aduriz, antes de la media hora. Más aún en la segunda mitad cuando el Madrid sintió el vértigo de la derrota, el miedo al fracaso, el terror a la intrascendencia. Convertir la primera mitad en un vacío ofensivo es ofensivo para un equipo como el Madrid. Su única oportunidad, que repelió Iraizoz, aunque la jugada estaba anulada por fuera de juego de Bale, ocurrió en el minuto 28. El resto fue un agujero negro.
Cuando Valverde suplió a William, San Mamés fue un orfeón gritando su nombre
El Athletic tampoco echó muchos cohetes, pero el gol le iluminó el cielo y le indicó el camino. La estrella polar le decía que guarecerse en el área, como si fuera un puerto seguro, no era una mala salida. Podía parecer uh equipo pequeño, pero podía conseguir un resultado grande. la decisión era sencilla, porque el Madrid maniobraba con mucha previsibilidad, la suficiente para que los dos centrales rojiblancos, Etxeita y Gurpegui calculasen con escuadra y cartabón lo que tenían que hacer y cómo lo tebnían que defender. Benzema era el pagano de un fútbol tan previsible, mientras el Athletic encontraba en Williams al futbolista que le alargaba el campo, que le ganaba los minutos, que encendía al público y desorientaba al Madrid. Cuando Valverde lo sustituyó ya agotado, San Mamés fue un orfeón gritando su nombre: "Iñaki, Iñaki, Iñaki". No lo olvidará jamás.
Ni el Athletic la sensación de haber defendido al Madrid casi 60 minutos en su campo, a veces en su área, sin pasar más apuros que un repartidor de pizzas en un atasco. La prisa, solo la prisa por acabar el pedido. Pero San Mamés se congeló cuando Bale, desesperado, algo aburrido, disparó desde medio campo, al ver a Iraizoz adelantado, y el balón lo escupió el poste, con un nudo en la garganta de la Catedral. Tragado el sapo, volvió a rugir. A fin de cuentas, los mejores vinos dejan siempre un poso en la copa.

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